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Armas de EU alimentan el conflicto en Ucrania: Chomsky

Han pasado más de 300 días desde la invasión rusa a Ucrania. El 21 de diciembre, al recibir al presidente ucranio, Volodymir Zelensky, en la Casa Blanca y considerar su petición de 50 mil millones de dólares más en ayuda, el presidente estadunidense Joe Biden manifestó su intención de continuar enviando armamento a ese país hasta que Rusia sea derrotada en el campo de batalla.

En esta entrevista, Noam Chomsky señala que quienes se empeñan en ver desaparecer del mapa a Rusia como potencia importante parecen decididos a asegurar que la guerra continúe, sean cuales fueren las consecuencias para rusos y ucranios. Uno se pregunta si la guerra fría terminó alguna vez.

–Noam, con cada mes que pasa, el conflicto en Ucrania aparece más sombrío. Estados Unidos y Europa están ahora profundamente involucrados en la guerra, y Biden ya ha comprometido su apoyo a Ucrania por “todo el tiempo necesario” para derrotar a Rusia en el campo de batalla. Zelensky ha hecho nuevas demandas de paz, pero han sido rechazadas por Moscú con el argumento de que Kiev debe tomar en cuenta la realidad actual. ¿Existen analogías históricas útiles para ver en qué podría parar esto?

–Hay demasiadas analogías: Afganistán, Yemen, Libia, Gaza, Congo occidental, Somalia, y esto sólo en cuanto a los horrores actuales en los que Estados Unidos y sus aliados tienen un papel primordial o al menos sustancial en perpetrarlos y sostenerlos. Sin embargo, esos ejemplos no se citan cuando se habla de Ucrania en los círculos de gente bien educada, afectados por la falacia de que “nosotros no somos ellos”. Por lo tanto, son intentos que salieron mal; no somos rencarnaciones de Hitler. Como ésta es una verdad a priori, no está sujeta a mayor discusión que 2+2= 4.

Estas analogías ofrecen algunas tristes indicaciones de cómo podría terminar esta guerra: que no termine hasta que la devastación sea tan extrema que ya no queramos pensar en ella. Por desgracia, eso parece más que probable conforme pasan los días.

No me considero un experto en asuntos militares. Sigo a los analistas militares y veo que la mayoría exhiben demasiada confianza con conclusiones opuestas; no es la primera vez. Sospecho que tal vez el general Milley, ex jefe del Estado mayor conjunto, tenga razón al concluir que ninguno de los bandos puede obtener una victoria militar decisiva y que el costo de continuar la guerra es enorme para ambos con muchas repercusiones.

Si la guerra continúa, Ucrania será la víctima principal. El armamento avanzado estadunidense puede sostener un impasse en el campo de batalla a medida que Rusia envía más tropas y equipo, pero ¿cuánto puede tolerar la sociedad ucrania ahora que Rusia, después de muchos meses, ha transitado hacia el estilo de guerra de Estados Unidos y Gran Bretaña, atacando directamente infraestructura, energía, comunicaciones, todo lo que permite que la sociedad funcione? Ucrania enfrenta ya una importante crisis económica y humana. Los funcionarios del banco central temen que “la gente podría huir por millares del país y llevarse su dinero, lo cual podría derrumbar la divisa nacional cuando los emigrantes traten de cambiar sus grivnas ucranias por euros o dólares”.

Por fortuna, es probable que los ucranios étnicos que emigren sean aceptados en Occidente. Se les considera (casi) blancos, a diferencia de aquellos a los que se deja ahogar por millares en el Mediterráneo cuando huyen de la destrucción europea de África o se les obliga a regresar a los estados terroristas apoyados por Washington. Si bien muchos quizá puedan escapar, como van las cosas es probable que la destrucción de una sociedad viable en Ucrania continúe su terrible curso.

La charla sobre armas nucleares se da casi por completo en Occidente, aunque es fácil pensar en subir más escalones en el conflicto. Las menciones como de pasada en Estados Unidos sobre una guerra nuclear son estremecedoras, desastrosas.

Se ha vuelto lugar común hablar de una guerra cósmica entre la democracia y la autocracia, lo cual provoca el ridículo fuera de los círculos educados de Occidente. En otras zonas, la gente es capaz de observar los hechos patentes de la historia pasada y presente, y no está tan inmersa en las invenciones doctrinarias como para quedar ciega.

Lo mismo sucede con los cuentos pergeñados en la propaganda occidental con respecto a los planes de Putin de conquistar Europa y más allá, los cuales crean temores que coexisten fácilmente con el regodeo sobre la demostración de incapacidad e incompetencia militar de Rusia de conquistar siquiera poblaciones situadas a pocos kilómetros de su frontera. Orwell lo llamó “pensamiento doble”: la capacidad de sostener dos ideas contradictorias en la mente y creer con firmeza en ambas. El pensamiento doble occidental es alimentado por la industria de las artes adivinatorias, que busca penetrar en la mente retorcida de Putin, distinguiendo toda clase de perversidades y grandes ambiciones. La industria revierte los descubrimientos que hizo George W. Bush cuando miró a Putin a los ojos, vio su alma y reconoció que era buena. Y está tan bien fundamentada como las intuiciones de Bush. Recursos preciosos que se necesitan con desesperación para evitar la crisis climática se desperdician en la destrucción. Europa recibe una paliza, al ver rota su relación natural con Rusia y también ver dañados sus vínculos con el naciente sistema de base china. Es una pregunta abierta si Europa –en particular el sistema industrial basado en Alemania– aceptará declinar al subordinarse a Washington, tema de largos alcances.

Ese prospecto va más allá de Ucrania-Rusia. La virtual declaración de guerra de Biden a China, con sanciones contra sus exportaciones de tecnología que utilizan componentes o diseños estadunidenses, es un duro golpe a la industria europea, en particular a la industria de fabricación de chips avanzados en los Países Bajos. No está claro hasta ahora si los industriales europeos están dispuestos a pagar los costos del esfuerzo estadunidense por impedir el desarrollo económico chino, encubierto, como de costumbre, en términos de seguridad nacional, que sólo los partidarios más leales del gobierno pueden tomar en serio.

Entre tanto, Estados Unidos obtiene enormes ganancias en distintas formas: en geopolítica, por la decisión autodestructiva de Putin de empujar a Europa hacia el bolsillo de Washington, al pasar por alto posibilidades muy reales de evitar su agresión criminal, pero también en otras formas. Por supuesto, la población estadunidense no se beneficia. Más bien, quienes están al mando: las industrias de combustibles fósiles, las instituciones financieras que invierten en éstas, los productores industriales, los semimonopolios agroindustriales y, en general, los amos de la economía, que apenas si logran controlar su euforia por las crecientes ganancias (que alimentan la inflación con los aumentos de precio) y grandes perspectivas de seguir destruyendo la sociedad en la Tierra con mayor diligencia.

Es fácil entender por qué casi todo el mundo pide negociaciones y un arreglo diplomático, incluyendo la mayor parte del mundo, según indican las encuestas. Los ucranios decidirán por sí mismos. En cuanto a su preferencia, tenemos claras indicaciones del gobierno, pero sabemos poco de la población. El muy respetado corresponsal Jonathan Steele llama nuestra atención sobre una encuesta telefónica de Gallup hecha a ucranios en septiembre pasado. Descubrió que “si bien 76 por ciento de los hombres quieren que continúe la guerra hasta que Rusia se vea forzada a salir de todos los territorios ocupados, incluso Crimea, así como 64 por ciento de las mujeres, el resto –un número sustancial de personas– quiere negociaciones”. El análisis por regiones indicó que “en las áreas cercanas a los frentes de guerra, donde el horror se siente con mayor rigor, la gente tiene dudas sobre la sensatez de continuar la guerra hasta la victoria. Sólo 58 por ciento en el sur de Ucrania están de acuerdo. En el este, la cifra desciende a 56 por ciento”.

¿Hay posibilidades para la diplomacia? Estados Unidos y Gran Bretaña, los dos estados guerreros tradicionales, siguen insistiendo en que la guerra debe continuar hasta dañar severamente a Rusia, y por consiguiente nada de negociaciones, pero aun en sus círculos internos hay posturas menos terminantes.

Ahora mismo, las posturas de los dos adversarios parecen inconciliables. No sabemos si es posible volver a las posturas de marzo pasado, cuando, según fuentes ucranias de izquierda, “Ucrania había anunciado propuestas a la reunión de Estambul del 29 de marzo, que incluían el retiro de las tropas rusas hasta la línea del 23 de febrero y el aplazamiento de la discusión relativa a Crimea y Donbas. Al mismo tiempo, el lado ucranio aún insistía en que las disputas deberían ser resueltas mediante referendos transparentes, realizados bajo supervisión de observadores internacionales y después del regreso de todas las personas desplazadas”.

Las negociaciones de Estambul se derrumbaron. La fuente citada culpa totalmente a Rusia. Poco se sabe, puesto que la información sobre los esfuerzos diplomáticos es escasa. En particular, no sabemos si un factor en el fracaso fue la oposición británica a las negociaciones, al parecer con respaldo de Washington. ¿Quedan posibilidades? La única manera de saberlo es facilitando esfuerzos para intentarlo.

Por lo menos podríamos quitar los obstáculos que Estados Unidos ha levantado, temas que hemos revisado en detalle. Y podemos intentar promover una zona de discusión abierta sobre estos temas, libre de berrinches y posturas heroicas sobre nobles principios que pasan por alto los hechos y las consecuencias humanas.

Hay muchas dificultades y peligros, pero es difícil ver qué otro curso de acción puede salvar de la catástrofe a Ucrania y mucho más.

–El canciller alemán Scholz ha descrito la guerra en Ucrania como un intento estratégico de Vladimir Putin por recrear el imperio ruso y afirmó que las relaciones con Moscú se restablecerán cuando el conflicto termine y Rusia haya sido derrotada. ¿Hay evidencia de que Putin esté interesado en revivir el imperio? ¿Y qué ocurre si Rusia no es derrotada en el campo de batalla? De hecho, ¿será que el conflicto de Estados Unidos y la OTAN con Rusia muestra que la guerra fría nunca terminó?

–Scholz de seguro sabe más de lo que dice. Piense uno lo que sea sobre las miras de Rusia en la guerra, fueron explícitas y mucho más estrechas, y ni modo que Scholz, que está bien informado, no lo sepa bien.

La industria de las artes adivinatorias se ha agarrado de algunos comentarios ocasionales de Putin, por lo regular tomados fuera de contexto, para conjurar imágenes aterradoras de Rusia en campaña. Eso requiere una impresionante subordinación al pensamiento doble, como ya dijimos.

La guerra fría terminó brevemente cuando la Unión Soviética colapsó. Las negociaciones de Gorbachov con Bush padre, apoyadas por Alemania, proporcionaron una base para escapar de su legado. Las esperanzas no sobrevivieron mucho tiempo.

No deberíamos pasar por alto que el fin de la guerra fría también disipó por breve tiempo las nubes ideológicas. Los documentos oficiales reconocieron de manera indirecta que la guerra fría fue en gran medida un acuerdo básico entre las superpotencias para permitirles usar la violencia cuando fuera necesario para controlar sus dominios: para Rusia, Europa oriental; para Estados Unidos, gran parte del planeta. Por tanto, el gobierno de Bush padre reconoció oficialmente que tenemos que mantener fuerzas de intervención apuntadas hacia Medio Oriente, donde los problemas graves “no podían dejarse en la puerta del Kremlin”, en contra de décadas de prevaricación. Más bien, eran la amenaza de costumbre: el nacionalismo independiente. Eso no cambió, aparte de la necesidad de diseñar nuevos pretextos, porque las amenazantes hordas rusas se habían desvanecido: la “intervención humanitaria” y otros inventos, elogiados en casa y denunciados amargamente por el Sur global, las víctimas tradicionales. Todo esto lo hemos revisado en detalle en otras partes.

La guerra fría terminó por un tiempo. Bush padre cumplió sus promesas con Gorbachov, pero Clinton las rescindió casi de inmediato, iniciando la expansión de la OTAN hasta las fronteras rusas, en violación de promesas firmes y nada ambiguas. Lo hizo por razones políticas internas (el voto polaco, etcétera), como explicó a su amigo Boris Yeltsin. No debería haber razón para revisar de nuevo el resto de esa sórdida historia hasta nuestros días. La esperanza de un “hogar común europeo” sin alianzas militares –la visión de Gorbachov, tolerada por Bush padre– fue socavada por Clinton, y se desarrolló entonces una suerte de guerra fría que ahora se vuelve peligrosa en extremo.

–La ex canciller alemana Angela Merkel hizo algunos comentarios reveladores en una entrevista con el periódico Die Zeit. Señaló que los acuerdos de 2014 en Minsk intentaban “dar tiempo a Ucrania” para fortalecerse, con lo cual admitió que Kiev no iba a implementar el acuerdo de paz y que el plan era armar a Ucrania para un conflicto en gran escala con Rusia. ¿Es un caso de fraude diplomático? De ser así, ¿sería un fundamento legítimo para establecer un tribunal internacional?

–No sabemos qué tenía Merkel en mente. Sabemos que ni en el registro histórico ni en el diplomático hay bases para sus afirmaciones. Me inclino a coincidir con el astuto comentarista que publica bajo el nombre Luna de Alabama, quien afirma que “Merkel está sometida a críticas muy severas no sólo en Estados Unidos, sino en su propio partido conservador. Ahora se propone justificar sus decisiones pasadas, así como las malas consecuencias actuales en Ucrania. Mi intuición es que está inventando todo. Por desgracia también causa un grave daño”.

A continuación, el autor realiza un análisis de los textos para justificar su conclusión, que es la más plausible que he visto. No creo que haya fundamento para un tribunal internacional. Lo más probable es que sea sólo un caso de una figura política tratando de justificarse en un clima extremadamente tóxico.

–En los dos meses pasados o algo así, Rusia ha estado lanzando ataques masivos contra la infraestructura energética de Ucrania. ¿Cuál es el incentivo estratégico detrás de estas espantosas operaciones militares, que sin duda deben calificar como crímenes de guerra? Y ¿cuáles podrían ser las implicaciones de los ataques ucranios en suelo ruso en lo que respecta a los esfuerzos diplomáticos por poner fin a la guerra?

–Como hemos visto antes, los estrategas estadunidenses y británicos esperaban que Putin ocupara Kiev en pocos días, como, según parece, Rusia preveía también. Se informó de planes para crear un gobierno ucranio en el exilio. Ambos lados subestimaron seriamente la voluntad y capacidad de Ucrania de resistir una agresión, además de sobrestimar radicalmente el poderío militar ruso. Los analistas militares estadunidenses y británicos también expresaron sorpresa de que Rusia no lanzara una guerra como la que sus países acostumbran, recurriendo de inmediato a lo que usted llama “espantosas operaciones militares”. No era difícil de predecir, como lo hicimos durante meses, que tarde o temprano Rusia recurriría a las tácticas de Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel: destruir rápidamente todo lo que sostiene una sociedad viable. Ahora lo está haciendo y provoca el horror justificado de las personas decentes…, junto con el de quienes aplican o justifican esas tácticas si son de la “agencia correcta”: nosotros. El incentivo es claro, en especial después de las derrotas rusas en el campo de batalla: destruir la economía y la voluntad de resistir. Todo eso nos resulta conocido.

En definitiva, son crímenes de guerra, ya sea en Irak, en Gaza o en Ucrania.

No es sorprendente que Ucrania busque devolver los ataques. Hasta ahora, el gobierno estadunidense, al parecer por consejo del Pentágono, busca restringir esas reacciones, pues no comparte la disposición a ver estallar el mundo en llamas que muchos comentaristas expresan en el actual ambiente enloquecido.

Las cosas pueden fácilmente empeorar. Un nuevo giro es que Washington planea enviar sistemas antimisiles Patriot a Ucrania. Quién sabe si puedan funcionar. Requieren una sustancial cohorte militar, creo que unas 80 personas, lo que presumiblemente incluiría capacitadores estadunidenses. Funcionen o no, serían un blanco natural para los ataques rusos, incluso durante la instalación. ¿Y entonces qué?

Cualquier intensificación es muy peligrosa en sí misma y no puede más que impedir cualesquier débiles oportunidades que existan para los esfuerzos diplomáticos por evitar una catástrofe peor.

* Pu blicado originalmente en Truthout.

Traducción: Jorge Anaya

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